Por Santiago Ladaga
En búsqueda de que suceda lo imposible, lo inimaginable. En búsqueda de un mesías que nos hable con ternura. En búsqueda de un milagro.
En el cristianismo, los milagros son intervenciones divinas que muestran el poder y la misericordia de Dios. Estos eventos tienen un propósito más grande: fortalecer la fe o cumplir una función específica dentro del plan divino.
Sin embargo, a lo largo de la historia, algunas personas han utilizado el concepto de milagros para manipular a otros o para obtener beneficios personales. Esta actitud ha sido cuestionada tanto en contextos religiosos como seculares.
Para discernir entre un verdadero milagro y una manipulación, es importante tener en cuenta varios factores. Primero, es esencial mantener una actitud de apertura y humildad, buscando siempre la verdad y el bien común. Además, es fundamental fundar nuestras creencias en las enseñanzas de las escrituras y en la doctrina de la fe, para tener una base sólida de discernimiento.
La autenticidad de un milagro, según la fe cristiana, no se mide solo por su impacto externo, sino por el fruto espiritual que genera en las personas: un mayor amor, compasión y acercamiento a Dios. En cambio, cuando algo se utiliza para manipular o controlar, suele ir en contra de esos valores.
Hoy, nuevamente, esas fuerzas invisibles que marcan la agenda de la opinión pública nos “regalan” eventos espirituales de fe y esperanza, con milagros de lo inmediato. Como mencionamos en otro artículo de opinión, esta nueva era demanda inmediatez. Las redes sociales, las nuevas formas de comunicarnos y de acceder a la información – o a la sobreinformación-, sumadas a la desesperación por lo urgente y por atender necesidades básicas del ser humano, parecen querer demoler nuestra moral. Lo más triste es que no se trata solo de fuerzas invisibles, sino también de aquellos en quienes creíamos que nos protegían.
Es fundamental recordar que la fe auténtica se basa en el amor, la compasión y el servicio a los demás, no en la manipulación, ni en el espectáculo. Al final, cada persona debe buscar la verdad y su propio crecimiento espiritual, sin dejarse arrastrar por influencias externas que puedan desviarlo de ese camino.
“Existe una épica de lo imposible que no nace de la lógica ni del cálculo, sino que se enciende únicamente con el combustible de la fe. Sus actos no ocurren en el terreno visible de la razón, sino en el ámbito invisible del alma que se atreve a anunciarla, creyendo antes de ver, caminando antes de que exista el camino. Solo quien la proclama con convicción logra arrancarla del abismo de lo irreal y elevarla al mundo de lo tangible.”
Hoy quienes nos “representan” no pueden contagiarnos de la fantástica idea de esperanza, de que suceda lo imposible, hoy el espíritu colectivo necesita un milagro.