Por Santiago Laddaga
Estamos en un momento duro. Un ajuste que ahoga a los de abajo, a los que trabajan día a día. Es normal que la gente esté harta y critique al gobierno. Pero en medio de este enojo justo, tenemos que parar un segundo: ¿cómo canalizamos este malestar? ¿Con qué herramientas?
Aclaremos algo: hoy defender a Cristina no significa necesariamente ser kirchnerista o aprobar todo lo que hizo. Para muchos, se convirtió en algo más profundo: un acto de resistencia contra un poder judicial oscuro, lejos de la gente, que protege intereses de pocos.
Porque esto no se trata de una persona. Se trata de que cualquiera que se atreva a desafiar a los poderosos puede terminar en la mira de una maquinaria que no busca justicia, sino disciplinar. Como decía Foucault, el poder no siempre actúa a palos; a veces usa instituciones como la justicia para controlar, castigar lo que “se sale del libreto”.
Nuestra justicia, en vez de ser un pilar democrático, se comporta como un brazo disciplinador: elige enemigos, los vigila, los expone, los criminaliza. Todo envuelto en un papel de regalo llamado “legalidad” que a veces es puro teatro.
Pero no es el único poder invisible. Está también ese poder económico concentrado que nadie vota, pero decide cuánto pagás por la comida, cómo te come la inflación, o qué puede hacer un gobierno. Son corporaciones, medios grandes, financistas que hoy están dando un golpe económico silencioso. Tan letal como un golpe de Estado tradicional.
Juntos – el poder judicial que castiga disidentes y el poder económico que impone reglas – forman una tenaza que asfixia la política democrática. Uno persigue a quien se rebela; el otro crea pobreza para que nadie piense en proyectos colectivos.
Entonces: cuando defendemos, no defendemos solo a Cristina. Defendemos algo básico: que nadie debería ser perseguido sin garantías, juzgado por jueces con agenda propia, o condenado en procesos armados. Y gritamos algo urgente: ¡Estos poderes oscuros no tienen control democrático!
Los que alzamos la voz no lo hacemos por fanatismo. Lo hacemos porque una justicia de casta y una economía manejada por cuatro gatos son incompatibles con la democracia real. Y porque un pueblo empobrecido y dividido es el campo perfecto para que estos poderes hagan de las suyas.
Pero ojo: lo que está en juego no es solo el futuro de una dirigente. Es el futuro de la política argentina. Esta polarización que alimentan ciertos medios y poderes convirtió al peronismo – especialmente al kirchnerismo – en el chivo expiatorio perfecto. Así evitan la pregunta incómoda: ¿Quién manda realmente en Argentina?
Si todo se reduce a “estás con Cristina o contra ella”, perdemos lo esencial: el debate sobre qué país queremos. Atacar al peronismo no es solo debilitar un espacio: es borrar décadas de lucha por derechos, por justicia social, por soberanía.
La democracia necesita voces diversas, no uniformidad. Necesita debate serio, no linchamientos en los medios o los tribunales. Sobre todo, necesita gente despierta, que pueda ver más allá del odio y los cuentos prefabricados.
Pero hay que decirlo: esta persecución a Cristina genera una obsesión con su figura que, aunque entendible, no le hace bien al peronismo. Este movimiento siempre fue más que un líder. Esta personalización extrema – que alimentan tanto sus enemigos como sus defensores más fervientes – frena la renovación de ideas y proyectos.
La pelea por una justicia justa y una economía para todos no puede depender de una sola persona. Sería frágil. Por eso, la mejor forma de honrar lo que Cristina representa es abrir una nueva etapa: que el peronismo vuelva a ser ese movimiento amplio, transformador y con futuro.
Si avanzan sin freno contra Cristina, la mira no apunta solo a ella. Apunta a todos los que soñamos un país distinto, a los que pensamos diferente, a los que nos organizamos para cambiar las cosas.
Por eso hablamos.
Por eso nos movilizamos.
No es por ella.
Es por todos.
Por todas.
Y por lo que viene.